Hace dos semanas, informes de prensa en Uganda revelaron que los carniceros utilizan formalina para prolongar la vida útil de la carne. La formalina, una sustancia destinada a conservar cadáveres, se ha popularizado en las carnicerías, ya que también repele las moscas, lo que plantea la cuestión de la seguridad alimentaria en Uganda. Como resultado, algunas personas fueron implicadas y condenadas a ocho meses de prisión tras pruebas confirmatorias. Sin embargo, la preocupación más importante sobre la seguridad alimentaria debe abordarse de forma urgente. La discrepancia entre las leyes vigentes y la realidad del consumo de alimentos inseguros es evidente. Las leyes actuales, como la Ley de Salud Pública de 1935, no solo están obsoletas, sino que su aplicación es igualmente deficiente, lo que pone en peligro a quienes deberían estar protegidos por los marcos legales. Las escasas asignaciones presupuestarias a la salud pública han sido constantes, lo que ha hecho que la funcionalidad de las estructuras establecidas sea ineficaz.
Es evidente que no se ha priorizado la seguridad alimentaria, como lo demuestran las limitadas inspecciones que han provocado que muchas personas se incorporen al comercio de alimentos sin licencia. Las condiciones antihigiénicas e insalubres en las que se preparan y sirven los alimentos, junto con la precaria preparación de los mismos, son en parte la causa de brotes de enfermedades relacionadas con los alimentos, como el cólera, la intoxicación alimentaria y las enfermedades diarreicas. Por lo tanto, no es sorprendente que alrededor de 1.3 millones de ugandeses sean diagnosticados anualmente con enfermedades transmitidas por los alimentos y que el 14 % de todas las enfermedades tratadas cada año se deban a la contaminación de los alimentos, como se señala en el Ministerio de Salud, informe de 2016.
Repensando las políticas
En Uganda, no es raro caminar por la ciudad y sus alrededores y encontrar vendedores de comida en un entorno plagado de montones de basura, aguas residuales de tuberías rotas y charcos de agua estancada a pocos metros de los puestos de comida. Esta es una imagen común en las afueras de la ciudad y sus alrededores, donde vive más del 15% de la población.
Los restaurantes frecuentados por la clase media no son la excepción. La higiene y el saneamiento son evidentemente deficientes, como se observa en el ambiente general. La mayoría de los dueños de restaurantes y hogares han optado por usar bolsas de polietileno para cocinar al vapor plátanos verdes, comúnmente conocidos como matooke, en lugar de las hojas de plátano, que son seguras y se usan convencionalmente. Esta práctica, sin saberlo, afecta gradualmente la salud de los consumidores debido a la combinación ácida de las bolsas de polietileno.
Es necesario implementar acciones sostenidas para garantizar la inocuidad alimentaria, evitando respuestas puntuales ante emergencias cuando surgen. Es necesario revisar las leyes obsoletas para adaptarlas a los cambios contextuales actuales, como la urbanización y la prioridad a la salud y el bienestar individual. Las campañas masivas sobre inocuidad alimentaria para microempresarios y pequeños empresarios que comercian con alimentos y para los hogares son cruciales en estos tiempos.


