Han transcurrido algunos días desde la clausura de la COP30, celebrada en Belém do Pará, Brasil. Sin duda, no fue una COP más. El simple hecho de llevar estas negociaciones climáticas globales al corazón de la Amazonia brasileña fue en sí mismo una declaración política del gobierno brasileño. Y, sobre todo, un llamado urgente a examinar la crisis climática. emitido de los mismos lugares Los más afectados por impactos y pérdidas: los territorios y cuerpos del Sur Global.
Por: Gabriela Melgar, Oficial Regional de Comunicación, Hivos Latinoamérica
En los últimos años, las conversaciones sobre el cambio climático se han centrado principalmente en un flujo interminable de informes y datos científicos, y con razón. Ya hemos superado el Umbral de temperatura global de 1.5 °C que se había establecido como límite, y esto tendrá un impacto creciente en los niveles oceánicos y fenómenos meteorológicos cada vez más extremos. También se están debatiendo planes de mitigación y adaptación al cambio climático, pero se habla menos del impacto en las tareas cotidianas que sustentan la vida y en quienes, literalmente, dedican su cuerpo al cuidado: mujeres y niñas.
En su publicación Salarios contra el trabajo domésticoSilvia Federici escribe: «Dicen que es amor. Nosotras decimos que es trabajo no remunerado». Esta afirmación, sin duda, nos hace reconsiderar cómo el sistema patriarcal y capitalista ha construido una narrativa que normaliza el cuidado y las tareas domésticas como «amor» o «algo que las mujeres hacen naturalmente». Esto oculta la naturaleza fundamentalmente económica y social del trabajo femenino y el hecho de que este trabajo no remunerado sustenta nuestro tejido social e incluso nuestra vida.
Cada fenómeno meteorológico extremo aumenta la necesidad de cuidados, lo que se traduce en cargas agotadoras para las mujeres y niñas, que van desde cuidar a familiares enfermos y buscar agua hasta reconstruir hogares y brindar apoyo emocional cuando todo se pierde. Estas situaciones son cada vez más comunes con los fenómenos meteorológicos extremos que estamos experimentando, por lo que surge una pregunta crucial: ¿Quién cuida de quienes cuidan?
La economía del cuidado: la parte invisible de la acción climática
Uno de los aspectos menos discutidos en los espacios de negociación, pero uno de los más urgentes para la vida cotidiana, es la economía del cuidado. Quienes brindan cuidados, en su mayoría mujeres, muchas de ellas racializadas o que viven en contextos rurales, se enfrentan a... pobreza multidimensional, son quienes sostienen el tejido social que permite una respuesta inmediata a las crisis climáticas.
Sin embargo, este trabajo de cuidados sigue sin ser reconocido, ni remunerado, y lejos de ser priorizado en las políticas climáticas globales. Según datos de ONU Mujeres, las mujeres ya dedican un promedio de 2.8 horas más al día Las mujeres se ven más expuestas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. La realidad cotidiana de las mujeres demuestra que, durante sequías, inundaciones, huracanes o incendios, la cantidad e intensidad «normales» del trabajo de cuidados aumenta exponencialmente, obligándolas a absorber tanto los costos de la sobrecarga inducida por el cambio climático como el impacto que este tiene en su propia salud mental y emocional.
Nuestra reciente publicación, “Soluciones de cuidado y clima”, muestra precisamente cómo los fenómenos climáticos intensifican las desigualdades preexistentes y aumentan la carga de cuidados en los hogares vulnerables, especialmente en los países del Sur Global. Ignorar este factor equivale a diseñar políticas climáticas que no responden ni abordan las necesidades y realidades locales de las mujeres.
La interseccionalidad como compromiso
Hablar de justicia climática implica reconocer que no todos los organismos, territorios y economías enfrentan los impactos de la misma manera. Las mujeres, los pueblos indígenas, las personas afrodescendientes, las personas LGBTIQ+ y los jóvenes no solo están en la primera línea de los impactos del cambio climático, sino también en la primera línea de las soluciones ya existentes que surgen en sus territorios.
La interseccionalidad nos permite comprender cómo la raza, el género, la clase, la edad, la ubicación geográfica y otros factores se intersectan para profundizar las desigualdades. En la COP30, las mujeres dejaron claro que la interseccionalidad no debe ser una nota al pie. Debe ser una perspectiva que incluya las necesidades reales de las mujeres para afrontar la crisis climática. Las mujeres también dejaron claro que esta crisis no es solo ambiental; es política, económica, social y profundamente estructural.
Para la feminista comunitaria Lorena Cabnal, las categorías de territorio, cuerpo y tierra Son fundamentales para comprender que las mujeres sufren desproporcionadamente los impactos del extractivismo y la propia crisis climática. Estos impactos afectan tanto a sus cuerpos —en forma de agotamiento, intensificación de los cuidados y violencia— como a sus territorios, con escasez de agua, depredación de tierras y pérdida de biodiversidad.

Soluciones desde las mujeres, los jóvenes, los pueblos indígenas y los territorios
Mientras los principales emisores y los sectores que históricamente se han beneficiado de los modelos extractivos siguen posponiendo compromisos o revisando documentos y desviando responsabilidades bajo la narrativa del “lavado de imagen verde”, están surgiendo soluciones reales en otros lugares.
Son las mujeres jóvenes, los pueblos indígenas, los afrodescendientes y las comunidades rurales quienes están dando forma a una agenda climática popular, profundamente interseccional y arraigada en la justicia de género, el antirracismo y los derechos territoriales.
Los jóvenes promueven nuevas formas de organización, cuestionan las narrativas antiderechos y proponen alternativas que responden a las verdaderas prioridades de sus comunidades, ya sean urbanas, periurbanas o rurales. Su liderazgo colectivo es esencial para transformar las desigualdades subyacentes que la crisis climática revela y profundiza cada vez más.
La COP debe aceptar claramente esta realidad: las personas del Sur Global no pueden seguir pagando por una crisis climática que no causaron, arriesgando su vida, su trabajo y su tiempo. Reconocer y fortalecer el poder organizativo de las mujeres jóvenes y las comunidades no es solo una cuestión de representación; es y será la única manera de construir respuestas climáticas justas y sostenibles. Y, por último, no lo olvidemos: no habrá justicia climática sin justicia de género, de clase, racial y territorial.


